Daños Colaterales

Categoría: Artículos de Opinión Publicado el Viernes, 29 Marzo 2013 Escrito por Rafael Toledo Díaz

 

Cada vez más se escucha con insistencia un razonamiento sobre las consecuencias que produce la complicada situación económica por la que atraviesa Europa y nuestro país en particular. Se dice, se comenta, en cualquier foro o mentidero, que estamos sufriendo los efectos de una guerra. Bueno, más o menos estamos claramente padeciendo las graves secuelas que puede producir un conflicto bélico.

La crisis del euro ha desatado en el continente una ola de reafirmación nacionalista de los estados miembros. Se trata de una actitud de los países para defender sus intereses particulares que se opone frontalmente a la idea de la construcción europea  y la necesaria cooperación y solidaridad entre naciones.

Después de cada reunión del Euro-grupo, algunos estados vuelven a enrocarse en sus posiciones de fuerza, exigiendo a los más débiles el cumplimiento tratados, reglamentos, preceptos o directrices convenidas en una situación de bonanza económica y expansiva. Apenas se les da relevancia a las instituciones comunitarias que sobre el papel deben dirigir la Unión. Son instituciones incapaces de ponerse de acuerdo en los delicados momentos actuales. A pesar del entramado de organismos y agencias, después de haber conseguido tener un parlamento supranacional, se vuelve a demostrar por enésima vez que, en las cumbres de gobierno, prima lo que deciden los estados más fuertes. De poco vale el mastodóntico organigrama que componen estas instituciones. Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a ver a los máximos dirigentes de la Unión, pero no sabemos cual es su papel. Tanto Van Rompuy como Durao Barroso o Catherine Ashton son nombres que nos suenan en los medios informativos pero parecen ser meros floreros que no llegan a tener un poder real. Por cierto, un poder que siempre gira en torno al eje franco-alemán y donde los colores políticos de los partidos que gobiernan en ambos países no influyen en las políticas que se aplican. Hemos visto el tándem Merkel-Sarkozy que no difiere mucho para nuestros intereses como el actual Merkel-Hollande.

Durante mucho tiempo hemos escuchado la hipotética idea de imponer las dos velocidades dentro de una misma Europa, todo desde supuestos económicos. Y sin embargo la clara y evidente división es ya una realidad. Existe una Europa rica y otra pobre, de manera que, según la Comisión Europea, 116 millones de ciudadanos del continente están abocados a caer en la pobreza. En nada influye la gobernanza común de la Unión porque sus instituciones están excesivamente burocratizadas, son lentas y no consiguen ponerse de acuerdo casi nunca. Lo hemos visto siempre y cuando han de manifestarse sobre cualquier crisis política mundial, son ambiguos, no se mojan y demoran en el tiempo las posibles soluciones. Un claro ejemplo es que nada significante ni de relevancia ha dicho Europa en estos días pasados sobre Gaza y el eterno conflicto entre palestinos e israelíes.

Los europeos estamos a lo nuestro que es la economía o lo que es lo mismo, a cómo se va a pagar la deuda griega, portuguesa o española a los bancos alemanes y franceses, siendo lo que realmente importa.

A cada día que pasa se está demostrando que improvisamos cuando convinimos en adoptar una moneda común. Empezamos la casa por el tejado y ahora comprobamos el error, pudiendo decir sin temor a equivocarnos que, de aquellos barros, estos lodos actuales.

No es una idea desacertada decir que Europa está librando una guerra, claro que no, un conflicto soterrado y oscuro en función de los intereses financieros de los grandes bancos. Un enfrentamiento que no ataca a los bienes materiales pero que está dejando graves secuelas en los ciudadanos más débiles. No hace mucho tiempo pensábamos que Europa era la palabra mágica, la panacea que servía para arreglar y justificar todo y ahora la misma palabra significa división, recelo, amenaza o ruina.

En la actualidad, las políticas que vienen impuestas desde la Unión sólo muestran interés por la austeridad, es decir, por la necesidad de recortar el déficit y pagar la deuda. Pues bien, estas medidas suponen un ataque a los derechos básicos de la personas y ciudadanos que, al mismo tiempo ven mermadas nuestras prestaciones en sanidad, educación o justicia a causa de tantos recortes.

Es evidente que la fotografía de personas buscando en el interior de los contenedores de basura no es la mejor imagen para publicitar un país como el nuestro. Y esa realidad, aunque puede ser puntual, no es descabellada ni desacertada, porque eso es real, eso sucede cada vez más, como el consumo de productos caducados y de desecho de los supermercados, el desbordamiento de Cáritas o el aumento de comedores sociales en las grandes urbes. A niveles locales, la crisis se aprecia quizás algo menos porque aún existe mayor cohesión social y la ayuda de la familia más cercana, pero la pobreza crece a pasos de gigante y puede afectarnos a cualquiera si perdemos el puesto de trabajo.

Esta miseria galopante es el mejor ejemplo de los daños colaterales, consecuencias de una contienda distinta o diferente, un conflicto que ya no distingue de clases sociales. No es difícil  comparar a los ministros de economía con generales que diseñan una estrategia letal a tenor de los resultados. Hablamos de una guerra que genera injusticia social y, sobre todo, que anula la esperanza y las expectativas de países como el nuestro, de donde muchos de nuestros jóvenes se tienen que exiliar en busca de un futuro menos incierto. ¿Acaso alguien duda que la emigración o el exilio económico de una generación no son consecuencias del fracaso de la política? Esa es la pregunta que deberían hacerse nuestros gobernantes. Porque de seguir así, a cada día que pasa, al igual que aumentan las cifras del paro, crecerá el número de euro-escépticos.