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POLÍTICAS SOCIALES (I)
Rafael Toledo Díaz - 26/08/2008 Compartir

Amanece en la ciudad, por sus calles desiertas a estas horas intempestivas de la madrugada, se cruzan dos generaciones. Varios grupos de jóvenes desperdigados terminan su noche de farra, transitan camino a casa antes que el sol les aumente la resaca. Del otro lado, parejas de mayores sombrilla en ristre, tiran entusiastas de sus equipajes. Hoy por fin se van de vacaciones, y no es propósito llegar tarde al autobús. El traqueteo de las ruedas de las maletas sobre el asfalto, se confunde con los gritos y las risas de los jóvenes, que no entienden, que hacen a horas tan tempranas por las calles los abuelos. Cuando se encuentran por casualidad en cualquier bocacalle, se miran con desconfianza mutua.
Desde hace bastantes años se ha convertido en norma, que antes que del inicio del periodo estival por excelencia, los jubilados disfruten del plan de vacaciones diseñado por el IMSERSO.
La idea surgió aproximadamente en los años setenta, se empezó con excursiones puntuales organizadas por entidades ciudadanas, más tarde en los años noventa fue el IMSERSO a través de la colaboración con el Ministerio de Trabajo y Servicios Sociales, quienes diseñaron un amplio programa de vacaciones para los jubilados. Esta sutil idea, ofrece la posibilidad de aprovechar las instalaciones hoteleras en el periodo de temporada baja, de no ser así, debían estar cerradas o se trabajarían con índices muy bajos de ocupación. El beneficio es mutuo, de una parte se mantiene el empleo en el sector de la hostelería, y de otra se les ofrece a los jubilados con menor renta, la posibilidad de disfrutar de un período de vacaciones, justamente merecido.
Jacinto era un escéptico, aunque le faltaban pocos años para jubilarse, juraba y perjuraba, que él nunca participaría en las actividades que se realizaban en el hogar del jubilado de su pueblo, y mucho menos montarse en un viejo autobús que le llevase a una apiñada playa del Levante, además, se habían sucedido algunos accidentes puntuales de autocares, que transportaban a los jubilados ociosos que iban de vacaciones, y él tenía muchos prejuicios.
Ahora sin embargo todo es distinto, desdice su anterior teoría. Después de participar como miembro activo, en la junta que administra el hogar del pensionista de su barrio, es el primero que no se pierde una fiesta, anima y participa, e incluso es capaz de aguantar largas esperas para conseguir un lugar privilegiado, ante cualquier evento o viaje que se anuncie. Hoy, montado en un modernísimo autobús junto a su parienta, revisa su fiel e inseparable carpeta azul, en la que guarda con mimo los informes médicos, unas cuantas recetas, y algunas fotocopias de interés que adjunta por si acaso. A la vuelta es seguro que habrán de volver a pasar por el ambulatorio, los excesos del buffet libre, la demasía de sol, las cervecitas y las largas caminatas por la playa, dispararan el colesterol, el azúcar, la tensión y la artrosis, pero las vacaciones anuales que les ofrece el IMSERSO no se perdonan, es más, son sagradas.
Aunque es fin de semana algunos hijos han acudido a despedir a sus mayores, les observan divertidos por su estado de excitación y felicidad, parecen crios que se van de excursión. En la espera antes de la partida, algún pariente lanza la pregunta obligada: ¿Cuándo lleguemos a esta etapa de la vida, habrá dinero para pagarnos a nosotros las vacaciones? ¿Hasta cuando durará el Estado del bienestar? Las preguntas quedan flotando en el aire.
Es seguro que el modo de actuar de las diferentes administraciones, encargadas de organizar este programa de vacaciones, es el más correcto y ecuánime que existe, los precios que pagan los jubilados están en relación proporcional a la cuantía de su pensión, y por un módico precio pueden disfrutar una quincena en la playa o en un balneario.
Otra cosa muy distinta son las excursiones ocasionales que organizan los Centros de Día, o las Concejalías de la Tercera Edad. Bajo un discurso fácil y simplón, sobre el merecido reconocimiento por la contribución de los mayores al progreso actual, y lo que la sociedad les debe por su trabajo y su esfuerzo, se diseñan viajes en aluvión, ofreciendo un menú, una tarde de baile y poco más. Y allá van, seis o siete autobuses repletos de mayores, que ocuparan durante unas horas algún complejo hotelero de baja categoría. ¿Cuál será la finalidad de estas excursiones de comida y baile? La gran mayoría de consistorios de cualquier signo político, ofertan estos encuentros a costa de los presupuestos municipales, subvencionando gran parte del sarao. Aunque se pretenda adoctrinar a los mayores y lograr su voto, porque en definitiva ellos son un colectivo que no se abstiene y convocatoria tras convocatoria electoral es fiel a las urnas. No nos engañemos, su ejercicio democrático es libre, y golosinas como estos viajes no sirven de nada. En las últimas convocatorias electorales, algún ayuntamiento que mima a su población de mayores recibió de estos un serio varapalo, se pudo comprobar que muchas de las papeletas emitidas a primeras horas de la mañana, momento elegido por los jubilados para acudir a los colegios electorales, otorgaron su voto a la opción contraria que gobierna el consistorio.
Los efectos de la crisis económica actual, seguramente afectarán también a los jubilados, recortando recursos destinados a políticas sociales. Pero los políticos no deben confundir, el derecho de los pensionistas con menor renta a vacaciones y servicios públicos más baratos, con aquello que venimos observando, todo gratis para los mayores, sea cual sea su renta o patrimonio.
Los jóvenes también son un colectivo con escasa renta, y nunca son objeto de tanta prebenda. Comparándolos con los mayores, podemos decir sin temor a equivocarnos que lo tienen más difícil a la hora de recibir prestaciones de la administración, ni siquiera en las políticas sociales que tratan de fijar población, pero ese es otro tema que será posible plantear en un nuevo artículo.


Fdo: Rafael Toledo Díaz.

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