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En diciembre del 2009, con ocasión de la presentación de la nueva Gramática de la Lengua Española, el recientemente fallecido Miguel Delibes excusaba su ausencia haciendo referencia a su precario estado de salud. No obstante, se hizo desde su domicilio una grabación enviando un breve discurso a sus colegas en el que terminaba diciendo: Mi mayor deseo sería que esta gramática fuera definitiva, que llegara al pueblo, que se fundiera con él, ya que, en definitiva, el pueblo es el verdadero dueño de la lengua.
Mucho me temo que no será así. Como elemento vivo que es la lengua, cada vez más se ampliará o se reducirá según hagan uso del lenguaje las nuevas generaciones. En esta transformación y manoseo de las palabras surgen nuevas expresiones que no sabemos si llegarán a ser reflejadas en sucesivas revisiones de la gramática.
A mí en particular hay una palabra que según quien me la diga, y el talante con el que lo haga, la acepto de mejor o peor tono. La palabra o el término en cuestión es “cultureta”, haciendo referencia a mi interés por la cultura en general y los libros en particular.
Mi modesto bagaje cultural no pasa a más que la intención de aprender, la curiosidad y el interés en seguir leyendo. Sin embargo me falta memoria para retener conceptos básicos, pero siempre tengo ganas de compartir. Por este motivo, me resulta tan importante el club de lectura al que pertenezco.
La obligación de leer un libro al mes es un acicate, aunque a veces la realidad sea tozuda. Leemos ahora a Julio Cortázar, “Historias de cronopios y de famas”, un libro de pequeños cuentos o relatos cortos (1962). He tenido que indagar en la Red las opiniones de otros lectores para confirmar que mi realismo personal se opone al surrealismo del texto. Algo parecido me sucedió cuando analicé “Pedro Páramo”, una novela corta (1955) del escritor mejicano Juan Rulfo. En esta obra se muestra un cierto desorden de los personajes y hay que realizar un esfuerzo para adivinar entre la realidad y el sueño en un continuo flack-back (salto atrás en el tiempo), una técnica literaria que aplicada en el lenguaje cinematográfico es más fácil de entender, o al menos requiere menor concentración.
De cualquier forma al leer libros así, que han sido catalogados por los eruditos como obras cumbre de la literatura, tengo la impresión particular que han sido textos rompedores con el estilo literario al uso de la época en la que se escribieron, convirtiéndose ahora en referentes de corrientes y estilos.
Ahora recuerdo que me resultó más cómodo leer “Matando dinosaurios con tirachinas” de Pedro Mestre, premio Nadal de 1996, aunque como anécdota les diré que traté de devolverlo a la librería, pensando que le faltaban páginas, no tenía prólogo ni encabezamiento de nada; además empieza en minúsculas sobre una conversación incompleta repleta de preguntas ilógicas. Más tarde asumes que no es un relato al uso y por su originalidad y su extravagancia merece el premio concedido. Por cierto, no se ha vuelto a saber nada más de este joven escritor que ahora contará 43 años.
Mis retoños, más jóvenes y con gustos literarios diferentes, me reprochan sobre la obsesión particular que tengo por mi paisano Nieva y, para cambiar de lecturas, hace tiempo me regalaron un par de cómics que han resultado ser emblemáticos. Me refiero a “Maus”, un libro sobre un tema tan delicado como el holocausto. Sus personajes, dependiendo del estatus y la clase a la que pertenecen, son reflejados como ratones (los judíos), cerdos (polacos), gatos (alemanes), ranas (franceses), ciervos (suecos) o perros (norteamericanos). La obra que obtuvo el Pulitzer, premio otorgado al único cómic, es un relato de un superviviente judío polaco de los campos exterminio emigrado más tarde a EEUU. El personaje del padre es tan tacaño y rácano que, a pesar del sufrimiento y la superación del trauma, no logra conmover al lector que se identifica mejor con la generación del hijo que es el narrador de lo sucedido.
Como digo, al mismo tiempo me entregaron “Persépolis” de Marjane Satrapi, un cómic que muestra el comportamiento de una familia iraní de clase media occidentalizada y laica, que a través de su vida cotidiana y las peripecias de la niña protagonista, cuenta el cambio de régimen que se produjo en este país, el derrocamiento del Sha Reza Pahlevi y la implantación de un Régimen fundamentalista islámico que comenzó con la llegada desde su exilio en París del Ayatolá Jomeini. La artista y cineasta fue testigo de un cambio social y político cuyas consecuencias todavía siguen inquietando a la sociedad internacional.
De hecho, Marjane Satrapi mantiene su compromiso apoyando la incipiente apertura que parecía iba a producirse en la sociedad iraní, con una opción más flexible del régimen encabezada por el moderado Mousavi en las pasadas elecciones presidenciales de Irán, progreso que ha quedado pospuesto después de la reelección de Ahmadineyad, personaje que, en su enfrentamiento con Israel, niega la existencia del holocausto nazi.
Leer estos dos libros me ha supuesto un especial interés por hechos, lugares y acontecimientos de los que sólo tenemos clichés, ideas prefijadas de países y conflictos que nos suenan por los titulares de los periódicos y la televisión, pero remotos físicamente. Leyendo Persépolis se puede contrastar la importancia de la libertad que tenemos en nuestra sociedad. La posibilidad de la fe y el laicismo surgen como diferentes opciones respetadas relativamente en una sociedad heterogénea y amplia, frente a un concepto autoritario y religioso del estado fundamentalista negado al cambio o a la simple evolución.
Hace unos días, en una actividad literaria, le preguntaba al escritor vasco Bernardo Atxaga, seudónimo que utiliza José Irazu Garmendia, sobre su opinión acerca de las críticas recibidas en la Red a su última novela, “Siete casas en Francia”. Esta novela refleja un acontecimiento dramático sucedido en un destacamento militar en el Congo, durante la época de la colonización en tiempos de Leopoldo II, rey de los belgas. Porque mientras unos admiraban la sencillez y la simplicidad con que se exponía un tema tan dramático y su resolución, otros le acusaban de eso, de ser demasiado simplista, sin criticar el colonialismo, máxime después de haber leído otros trabajos suyos más concentrados, como Obabakoak un relato de cuentos que fue llevado al cine con el nombre de Obaba.
Por supuesto que el escritor se decantó por teorizar sobre la dificultad que supone transmitir simplicidad y sencillez en hechos traumáticos y trágicos, negando que la facilidad de lectura tenga analogía con la banalidad de la obra, de ahí la superación del escritor.
Donde no hay ninguna duda es en la obra del desaparecido Miguel Delibes, su lenguaje es claro, llano y directo, impreso en una extensa obra digna de ser considerada la mejor herencia del castellano. Es un claro referente de las grandezas de este escritor que en determinadas ocasiones abordó el problema social, o el tema religioso en su último libro “El hereje”. En alguna ocasión ya he comentado que, entre sus obras, yo elijo “Mujer de rojo sobre fondo gris” en la que el personaje referido tiene mucho que ver con la muerte de su esposa Ángeles de Castro, según he oído recientemente.
Si la lengua, como dice Delibes, pertenece al pueblo, quiero terminar este artículo con un listado de palabras que quizás no estén en esta Nueva Gramática pero que siempre me recuerdan el mío: arrea, cachera, cansino, Buzaera, ugüas, bacín, jacho, quintería, majuelo, hala, agüaera, sarmiento, cacho, lumbre, tajá, capacho, cepa, tuso, chicha, terco, tángana, truque etc….
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